[1] Y SE llegaban á él todos los publicanos y pecadores á oirle.
[2] Y murmuraban los Fariseos y los escribas, diciendo: Este á los pecadores recibe, y con ellos come.
[3] Y él les propuso esta parábola, diciendo:
[4] ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va á la que se perdió, hasta que la halle?
[5] Y hallada, la pone sobre sus hombros gozoso;
[6] Y viniendo á casa, junta á los amigos y á los vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido.
[7] Os digo, que así habrá más gozo en el cielo de un pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento.
[8] ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende el candil, y barre la casa, y busca con diligencia hasta hallarla?
[9] Y cuando la hubiere hallado, junta las amigas y las vecinas, diciendo: Dadme el parabién, porque he hallado la dracma que había perdido.
[10] Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
[11] Y dijo: Un hombre tenía dos hijos;
[12] Y el menor de ellos dijo á su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece: y les repartió la hacienda.
[13] Y no muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, partió lejos á una provincia apartada; y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente.
[14] Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una grande hambre en aquella provincia, y comenzóle á faltar.
[15] Y fué y se llegó á uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió á su hacienda para que apacentase los puercos.
[16] Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas que comían los puercos; mas nadie se las daba.
[17] Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
[18] Me levantaré, é iré á mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti;
[19] Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como á uno de tus jornaleros.
[20] Y levantándose, vino á su padre. Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle.
[21] Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
[22] Mas el padre dijo á sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies.
[23] Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta:
[24] Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y comenzaron á regocijarse.
[25] Y su hijo el mayor estaba en el campo; el cual como vino, y llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las danzas;
[26] Y llamando á uno de los criados, preguntóle qué era aquello.
[27] Y él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso, por haberle recibido salvo.
[28] Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.
[29] Mas él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos:
[30] Mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso.
[31] El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.
[32] Mas era menester hacer fiesta y holgarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado.